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La vigencia del Papado en las épocas de Francisco

francisco

Nuestro papa latinoamericano, idolatrado por algunos y resistido por otros aún en su propia ciudad natal, sigue fiel al estilo que lo caracteriza desde que fue elegido en 2013: en el lenguaje de nuestra política, la frase es “meter los pies en el plato”. El mes pasado y en apenas 48 horas en Chile pidió perdón por los crímenes contra niños, se reunió con los representantes del pueblo mapuche en Temuco, condenó la violencia y también tuvo palabras para los jóvenes chilenos, a quienes –fiel a su célebre consigna “hagan lío”- recomendó “mover el piso” para rejuvenecer la iglesia de su país.

Es evidente que el “estilo” de Francisco no es un simple matiz, que pueda mantener tranquilos a todos los sectores de la iglesia. Desde los orígenes de la institución vigente más antigua del planeta no se ha agotado el debate sobre si la labor pastoral debe limitarse a la salvación de las almas o si debe extenderse, también, a la condena de las injusticias y la defensa de los más pobres. El realismo político tiene una respuesta descarnada, que ya existe desde los días de Constantino o de los Borgia: el poder de la Iglesia Católica, sin ninguna duda, se manifiesta, por acción u omisión, en los asuntos terrenales. De otro modo a nadie preocuparía que se haga una lectura política muy clara sobre su decisión de visitar todos los países de la región menos el nuestro, y que su misiva al actual presidente haya sido un escueto mensaje, escrito en inglés formal: Francisco ejerce su papado como un cargo político y va a continuar con esa lógica de enviar mensajes en clave, regalándole fotos a algunos y retaceándole sonrisas a otros.

Más allá de esos detalles, sigue vigente la vieja concepción histórica de la institución católica como dispensadora de legitimidad en los poderes terrenales. El papa es, junto al emperador y su equivalente actual, el líder -o los líderes- de Occidente, uno de los dos brazos de Dios. En ese sentido seguirá influyendo, de manera siempre más o menos directa, en la construcción política de los pueblos.

El realismo político tiene una respuesta descarnada, que ya existe desde los días de Constantino o de los Borgia: el poder de la Iglesia Católica, sin ninguna duda, se manifiesta, por acción u omisión, en los asuntos terrenales.

No en vano un intelectual como Gramsci reconocía que no había modo de destruir las instituciones políticas de Occidente que no fuese, al mismo tiempo, un combate directo a la institución cristiana, principal fuente de legitimidad de nuestra civilización en los últimos dos milenios.

El papa es, junto al emperador y su equivalente actual, el líder -o los líderes- de Occidente, uno de los dos brazos de Dios. En ese sentido seguirá influyendo, de manera siempre más o menos directa, en la construcción política de los pueblos.

En tiempos de mindfulness, de meditaciones colectivas de tono oriental y de espiritualidad posmoderna, sin otra raíz que el “aquí-y-ahora”, nuestro pontífice parece el último defensor de la era de Piscis ante los profetas de la era de Acuario, y hasta sus gestos más inocentes han sido interpretados bajo el particular paradigma de la política argentina, en la que Francisco tendría un perfil opositor, de franca simpatía con la doctrina del primer peronismo, o legitimaría las posiciones del populismo en todas sus formas.

La realidad, para quienes hacen una lectura más serena, es diferente. La rica historia de esta antigua institución nos invita a ir más allá de la grieta local y tener en cuenta la función que la Iglesia debe cumplir en estos tiempos de crisis espiritual global. Los problemas de identidad cultural y religiosa que han ocasionado tensiones y hasta heridas lacerantes como el Brexit ya han comenzado a traducirse en remezones que ponen en jaque al establishment político, en especial tras la gran recesión de 2007-2015. Hemos dicho que la crisis es de representatividad, y que va a acelerarse a la par de los cambios tecnológicos, de no mediar un nuevo paradigma político que pueda lidiar de manera eficaz con esta transformación cultural que remueve los mismos cimientos de nuestra cultura.

Inmigración ilegal, crisis del medio ambiente, violencia y terrorismo islamista, desempleo y gestión del empleo, guerra comercial, etc. Estos temas no admitirán una solución sencilla, que deje contentos a liberales y conservadores o a populistas y republicanos: se trata de un realismo para mirar las cosas como son que no podrá refugiarse ni en la corrección política ni en las soluciones autocráticas. Francisco parece interpretar con acierto este signo de los tiempos: nadie ha planteado mejor que él los problemas del presente, sin desviarse ni en la justificación de los males propios ni en una condena obstinada de los males ajenos. La institución cristiana, bajo su papado, sigue enviando señales concretas y realistas a una comunidad que busca liderazgos modernos y al mismo tiempo eficaces.

Hace unas semanas fue en Chile, mañana será en otros continentes: Francisco nos habla de recuperar la conexión con lo más noble que poseemos, que para sus fieles lleva el nombre de Jesús, pero al mismo tiempo es la institución que en dos milenios se identifica con nuestro Occidente cristiano.

Inmigración ilegal, crisis del medio ambiente, violencia y terrorismo islamista, desempleo y gestión del empleo, guerra comercial, etc. Estos temas no admitirán una solución sencilla, que deje contentos a liberales y conservadores o a populistas y republicanos

Más allá del estilo de Francisco, que puede gustar a algunos y molestar a otros, la presencia del sumo pontífice en nuestra región es un nuevo gesto esperanzador del catolicismo en estos tiempos de confusión y, por momentos, de profundo desaliento.

 

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Etiquetas: , , Last modified: 29 noviembre, 2018
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