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Aukus: la respuesta de Occidente a la incipiente hegemonía china

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No nos engañemos: Estados Unidos sigue siendo una potencia industrial y militar incomparable y ha extendido su liderazgo a través del soft power impreso en su tecnología, en su particular modo de construir una cultura global que convive con las culturas locales y, de un modo aún más incisivo, en sus gigantes tecnológicos, que una década atrás eran incipientes e innovadoras start-ups de puro cuño estadounidense: Google, Amazon, Tesla, Facebook, Twitter, Instagram, Netflix, etc. Subrayamos esta salvedad desde el primer párrafo, porque la creciente hegemonía china resulta amenazante para occidente y en especial para sus vecinos en la cuenca del Pacífico. El país oriental goza de de una homogeneidad por fuera de los estándares de los derechos y garantías occidentales. La rigidez de su sistema político comunista ha contribuido a ese colectivismo, pero al precio de un estilo de vida mucho más modesto y un límite a la libertad individual de sus ciudadanos inadmisible en las sociedades abiertas.

Los pronósticos sombríos señalan las proyecciones chinas pero olvidan que Occidente, en conjunto, no ha crecido menos que China y que los vaivenes de la economía global tarde o temprano le ponen freno a los desequilibrios, ya sea por el juego de la oferta y la demanda o por efecto de una acción política que tarde o temprano equilibra los tantos.

Tal vez eso esté ocurriendo hoy. El primer año de la nueva administración demócrata, demuestra a las claras que la era del intuitivo Donald Trump sobrevive al juego ideológico del progresismo estadounidense, y que Estados Unidos ha aprendido la lección, tras una década en la que, por primera vez, la gran superpotencia global sintió el aliento chino a sus espaldas. Acaso las fuerzas del patriotismo norteamericano comprendieron que era imposible seguir jugando a ser árbitro del gran juego de la globalización cuando se era la parte más interesada, el gran contendiente y el único freno eficaz contra el Partido Comunista Chino que, con Xi Jimping a la cabeza, ya había comenzado a mostrar sus ambiciones expansionistas tanto en lo económico y tecnológico como en las soberanías de sus vecinos, mediante un avance inequívoco sobre el mar de China y una decidida ambición sobre toda la cuenca del Pacífico.

El Presidente Joe Biden no ha manifestado grandes ideas en lo que respecta a la política exterior, y por eso tal vez ha primado el paradigma instaurado por la administración anterior:

1. Dejar de desangrarse en la fútil apuesta por Afganistán (aunque con horrendas conclusiones humanitarias en su retirada).

2. No sobreactuar el rol de gendarme de las democracias occidentales y mucho menos de primus inter pares en la vieja alianza del Atlántico (queda claro, como sostenían los trumpistas, que el mundo de los negocios y la suma del poder se están trasladando irremediablemente al Pacífico).

3. Crear una nueva alianza geoestratégica en el hemisferio oriental con Japón a la cabeza mediante su iniciativa FOIP (Free and Open Indo Pacífic / Indo Pacifico Libre y Abierto) siendo sus líneas centrales la prosperidad, la paz y el estado de derecho para no detener la inversión China sino mantener una presión “sana” hacia Pekín para que se ajuste a las normas del derecho internacional antes que sus proyecciones –económicas y militares- se vuelvan realidad según las prospectivas planteadas en el foro cuadrilateral de 2007, mediante un diálogo informal que sostuvieron USA, Japón, Australia e India (conocido con las siglas QUAD) propiciado por los primeros mandatarios de aquel entonces, el primer ministro japonés Shinzo Abe, el vicepresidente norteamericano Dick Cheney, el primer ministro australiano John Howard y el primer ministro indio Manmohan Singh.

El primer año de la nueva administración demócrata, demuestra a las claras que la era del intuitivo Donald Trump sobrevive al juego ideológico del progresismo estadounidense, y que Estados Unidos ha aprendido la lección, tras una década en la que, por primera vez, la gran superpotencia global sintió el aliento chino a sus espaldas.

Es aquí donde entra en juego la lógica del ajedrez global que inspiró el nuevo pacto defensivo entre tres países occidentales: Australia, Reino Unido y Estados Unidos conocido como AUKUS (acrónimo formado por las siglas, en inglés, de los tres países). El acuerdo constituye una afirmación de intenciones completamente explícita. Se afirma, en primer lugar, que la coordinación militar entre los tres países será a largo plazo. En segundo lugar queda clara la intención de frenar a China. En tercer lugar hay un mensaje bastante implícito a los aliados europeos, especialmente a Francia, con la cual Australia cancela un multimillonario acuerdo para la propulsión de submarinos en el que venían trabajando desde 2016. Los galos ya están indignados, y han llamado a los embajadores de Estados Unidos y de Australia para una consulta que se parece más a una represalia por una acción repentina que revelan la importancia y la excepcionalidad del nuevo acuerdo. Esto es sin dudas un cambio sustancial en el tablero de ajedrez que hasta la irrupción de Trump había remedado bastante las alianzas de la posguerra del siglo pasado, allá por 1945.

Biden hablará con Macrón para no tensionar demasiado la cuerda, pero está claro que, en cuestiones geoestratégicas, los pasos que no son firmes si no son decididos, y las cartas ya fueron echadas por Trump. Por su parte el Presidente Biden está obligado a seguir por la senda de su antecesor aunque esto profundice la indisimulable desconfianza de los viejos aliados del Atlántico Norte. Un buen omelette para el cual los flamantes aliados de Aukus deberán romper unos cuantos huevos.

El desafío para Argentina será negociar en un mundo sin alianzas definitivas en el cual no debemos sobreactuar ningún alineamiento, ni con una China en modo expansivo y entender mejor el rol de unos Estados Unidos dispuestos a jugar de líbero en la escena global, ya sea borrando con el codo las viejas alianzas o firmando, a puro pragmatismo, nuevos acuerdos que consoliden su presencia en el Pacífico. Por pertenencia a Occidente, a Argentina debe quedarle claro que los cambios operados en 2016 (Brexit, Trump, crisis en la OTAN, etc.) están aquí para quedarse, que las naciones occidentales –incluyendo también a un jugador clave como Japón (quien está en proceso de elegir un nuevo Primer Ministro) comprometido con los mismos valores de libertad y seguridad del mundo libre- debe unirse en la firme respuesta al expansionismo chino sin renunciar a sus intercambios comerciales. En un mundo multipolar sólo sobrevivirán quienes tengan la flexibilidad para aceptar su papel histórico en el desafío que sin dudas planteará la colisión entre los intereses de Occidente y los de China, un choque de gigantes que monopolizará las decisiones políticas, económicas y militares de los próximos años.

Fernando León
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Etiquetas: , , , , , Last modified: 27 septiembre, 2021
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