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Bolsonaro, Trump y el Brexit: un eje atlántico para enfrentar el viejo orden liberal

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“El gigante ya no está dormido”, divulgan los seguidores de Bolsonaro en las redes sociales. Estamos hablando de otro outsider, de otra opción que vino desde afuera de la política tradicional. Puede ser una apelación nacionalista para devolver a la nación a un estado anterior –el caso de Trump- o un mensaje identitario para la clase media blanca en un país multirracial –el caso de Bolsonaro-. Pero también puede ser un outsider neoliberal –el caso de Emmanuel Macron-. No hay que leer las cosas como si el votante tuviese muy clara la diferencia entre el populismo, tal como lo definen los periodistas estrella de las grandes corporaciones mediáticas, y el clásico neoliberalismo. Lo mismo parece haber ocurrido con el Brexit, donde lo más concreto era el rechazo a las élites y a los caminos que no ofrecen alternativa ni reacción a los tiempos que corren: lo encorsetado. Lo que divide las aguas es la desconfianza, para una parte enorme de la población, en lo que alguna vez conocimos como Nuevo Orden, globalismo, democracia liberal o consenso de Washington. Los rótulos importan menos que el gesto: la gente no vota por algo sino contra lo que ya no representa a nadie.

Un año atrás no se le veían las costuras a las élites liberales, temerosas del populismo –de derecha o de izquierda-. Hoy queda claro que estamos ante una crisis del viejo consenso neoliberal que Reagan y Thatcher habían abrazado e impuesto para el resto del mundo, y que el votante busca desesperadamente una opción fuerte, una jugada a un “pleno” que lo libere del deprimente liderazgo de los tecnócratas que no pueden ofrecer otra cosa que una gris austeridad y un falso multiculturalismo que esconde los problemas identitarios bajo la alfombra.

Por eso la lectura vuelve tan locos a tantos analistas, por eso hay tanto escepticismo y tanto temor al renacer del fascismo, del autoritarismo y de todos los otros ismos. Después de tres décadas de maridaje entre el libre mercado y los socialdemócratas arrepentidos, que tanto en América como en Europa renegaron de su base de sustentación –la clase trabajadora- para coquetear con la “multitud”, vale decir, la sumatoria de todas las minorías, mucho más enemistadas entre sí de lo que parece a simple vista, nos parece autoritario cualquier gesto rotundo, cualquier frase destemplada, cualquier comentario irónico y cualquier sonrisa cómplice entre un líder y sus seguidores. A tal punto que estamos acostumbrados a que Putin y Xi Jinping puedan expresar con sinceridad su voluntad de defender el interés de sus naciones, pero nos ofende que en Occidente aparezcan líderes que expresan una voluntad equivalente para nuestros ciudadanos. Y es que el afán de los liberales por construir una aldea global nos ha hecho olvidar que la historia sigue su curso, que las pasiones humanas siempre han estado presentes y que ningún sistema, por organizado que parezca, puede prescindir aún de un liderazgo fuerte, que pueda sintetizar las necesidades colectivas para llevar a las naciones a un objetivo común.

Hoy queda claro que estamos ante una crisis del viejo consenso neoliberal que Reagan y Thatcher habían abrazado e impuesto para el resto del mundo, y que el votante busca desesperadamente una opción fuerte, una jugada a un “pleno” que lo libere del deprimente liderazgo de los tecnócratas que no pueden ofrecer otra cosa que una gris austeridad y un falso multiculturalismo que esconde los problemas identitarios bajo la alfombra.

Lo que queremos es confirmar que el liberalismo, en esta última etapa que muchos llaman neoliberal, está en crisis. Pero no porque se haya roto el huevo de la serpiente y estemos entrando en un prefascismo de consecuencias imprevisibles. De hecho la economía libremercadista corre más riesgo en manos de las viejas élites de la dubitativa Unión Europea, aferradas al espejismo del bloque continental, que bajo el mando de una China que sigue bajo el control de su viejo partido comunista o bajo una América que quiere barajar y dar de nuevo en todas sus relaciones comerciales con el resto del mundo. El pragmatismo está por encima de lo ideológico y, más que preguntarnos por el peligro de una escalada autoritaria a nivel mundial, deberíamos indagar por qué razón hoy nos sorprende tanto que las clases medias de Occidente estén tan hartas de los discursos alambicados y bienpensantes que bajo el pretexto de ampliar derechos o de proteger a ciertas minorías esconden bajo la alfombra un retroceso para las clases trabajadoras que sustentaban a las naciones del hemisferio.

No refrendamos las expresiones xenófobas, machistas u homofóbicas de nadie. No convalidamos ni la violencia racial ni el uso indiscriminado de armas. Pero nos preguntamos si no hay en todas esas frases destempladas un juego de transgresión que ataca el falso ideal multirracial de esos viejos socialistas que hoy coquetean con las reglas estrictas del mercado. Nos permitimos dudar que sea más fascista el canto irreflexivo de una tribuna deportiva que apoya a los líderes “fuertes” del temido populismo de derecha que esa falsa corrección política destinada a congraciarse con todas las minorías al precio de negar las identidades nacionales, las diferencias religiosas, los problemas que conlleva la inmigración descontrolada y la apelación a un mundo en el que importa más la defensa de los derechos individuales que no ofende a nadie –pero tampoco hace causa común- que el derecho colectivo a una vida mejor.

De hecho la economía libremercadista corre más riesgo en manos de las viejas élites de la dubitativa Unión Europea, aferradas al espejismo del bloque continental, que bajo el mando de una China que sigue bajo el control de su viejo partido comunista o bajo una América que quiere barajar y dar de nuevo en todas sus relaciones comerciales con el resto del mundo

A todos nos preocupa, en Occidente, el ejercicio de las libertades individuales en una sociedad democrática. Pero este mundo nuevo, signado por la tecnología como revolución permanente, aún está buscando los líderes que estén a la altura del desafío. Tal vez no ha llegado esa nueva generación, tal vez no hemos hallado aún la síntesis perfecta entre el estadista pragmático que el siglo XXI necesita y la figura ideal del político conciliador que no divide las aguas. Pero es lo que tenemos.

Quienes temen que el avance del populismo sea la antesala de un neofascismo o el retroceso hacia tiempos más duros y autoritarios no deben olvidar que el orden liberal en crisis seguirá buscando una alternativa, porque la crisis de representatividad de la política que ha regido los años posteriores a la caída del muro de Berlín ya ha demostrado ser más dañina que cualquier fantasma creado por el temor a lo nuevo. Tres décadas de liberalismo nos han convencido de que los malos modales son peores que la inmovilidad ante las amenazas concretas de un mundo que ha acomplejado a las filas occidentales mientras China, India, Rusia o Australia cambian el eje al Pacífico y amenazan con volver irrelevante a un Occidente acomplejado por su propio protagonismo a lo largo de la historia universal. Pues bien: tal vez los malos modales hoy sólo sean un mal menor que la simple inacción. Malo periculosam, libertatem quam quietam servitutem, se dijo en tiempos muy lejanos, y Jean-Jacques Rousseau, fiel defensor de la sabiduría colectiva, lo citó más de una vez en su obra, que repitieron Jefferson y otros célebres padres de la democracia naciente en este lado del Atlántico: “Prefiero una libertad peligrosa a la esclavitud pacífica”.

 

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Etiquetas: , , , , , Last modified: 28 enero, 2019
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