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Gran reset: El Desafío del Consenso frente a los cambios disruptivos

Gran reset

La crisis actual por la pandemia de COVID-19, pese a las restricciones, no ha logrado detener o siquiera ralentizar el devenir de la cuarta revolución industrial. Por el contrario, los líderes del planeta, sean del sector público como del privado, coinciden en que el flagelo de la peste ha acelerado la transformación global, y auguran una nueva normalidad por completo diferente a la de 2019. Fue en ese contexto que, desde el Foro Económico Mundial reunido en Davos en mayo de 2020, se anunció con cauto optimismo lo que se dio en llamar el Gran Reset.

¿En qué consistía ese mentado reinicio agendado para el 21 de enero de 2021? De modo sucinto Karl Schwab, fundador y director ejecutivo del Foro Económico Mundial, lo definía del siguiente modo: La pandemia representa una oportunidad, inusual y reducida, para reflexionar, reimaginar y reiniciar nuestro mundo y forjar un futuro más sano, más equitativo y más próspero.” En líneas generales la idea suena atractiva pero no abunda en detalles para lo que se suele llamar “el hombre de a pie”. El consenso entre los líderes que la redactaron ha sido establecido a puertas cerradas y, sin dudar de la inobjetable representatividad que cada uno de ellos tiene por separado, dejó la impresión de ser el blanqueo de un proceso que ya se encuentra en curso y cuyos detalles no se discuten con los ciudadanos, supuestos beneficiarios del Gran Reinicio. No es casual que el príncipe Carlos de Inglaterra haya suscrito las buenas intenciones de Schwab con una intrigante aclaración que se parecía mucho a la afición inglesa de abrir el paraguas antes de que llueva. ¿Qué dijo? Que el plan será implementado sólo si así lo quiere la gente.

Sin embargo, la letra chica del plan es un poco más explícita: plantea la voluntad expresa de los líderes del planeta para salir de la crisis provocada por la pandemia mediante un ambicioso plan de sostenibilidad. El sistema económico global, que cada día se transforma más en un sistema de gobernanza de facto, debe ser rediseñado para que no haya disrupciones que alteren su rumbo.

La carta de intenciones del WEF para el Gran Reinicio destaca la acción conjunta frente a estos peligros y pone el acento en la palabra “sostenibilidad”, pero no faltaron las voces del disenso: ¿cómo reducir las emisiones –o ponerles precio- si buena parte del planeta no cuenta con los recursos de ciencia y tecnología –mucho menos innovación- que harían posible ese gran reinicio? Y algo mucho más terrenal, pero de importancia crucial: ¿cómo se mantiene la rentabilidad sin afectar el nivel de vida de los ciudadanos en una economía más centrada en la cuarta revolución industrial –robotización y automatización masiva, es decir, supresión de trabajo humano- y que ya no puede basarse en cífras de PBI sin precedentes o en “récords de producción” –factores contaminantes pero agentes primordiales de empleo y de crecimiento-.

Por el contrario, los líderes del planeta, sean del sector público como del privado, coinciden en que el flagelo de la peste ha acelerado la transformación global, y auguran una nueva normalidad por completo diferente a la de 2019. Fue en ese contexto que, desde el Foro Económico Mundial reunido en Davos en mayo de 2020, se anunció con cauto optimismo lo que se dio en llamar el Gran Reset.

Schwab sumó al economista Thierry Malleret para detallar su plan de desarrollo sostenible en un libro. El trabajo es un verdadero manual de instrucciones, que ya ha sido bendecido por estadistas liberales como Justin Trudeau o Angela Merkel. Sin embargo ninguno de los líderes que apoyan el plan –y de algún modo ya lo están implementando- pudo evitar cierto estremecimiento ante algunas de sus implicaciones, como en una de sus frases de letra chica que reza: “No poseerás nada y serás feliz”. La frase alude a otro proceso en curso que tal vez sea constitutivo de la economía de la década que acaba de nacer: el cambio de un modelo de negocios basado en la posesión y el uso de productos a uno basado en el acceso y en los servicios, en el cual ya no compramos lo que necesitamos sino que contratamos a un proveedor o pagamos un comodato por todo aquello que utilizamos. La lógica es sin dudas razonable: la revolución tecnológica pronto empujará a la obsolescencia a la mayoría de los productos, y tiene más sentido encontrar un proveedor –como hoy ocurre con los servicios de entretenimiento o las empresas de telefonía e Internet- que pagar por un módem o un dispositivo específico. Pero “no poseer nada y ser feliz” nos hace ruido le hace ruido hasta a algunos liberales, y ha sido criticado sin reparos por los círculos conservadores. Algunos de ellos criticaron el reinicio por demasiado arriesgado, y otros desestimaron su legitimidad. En efecto: ¿quién ha votado por esos cambios que sin dudas van a ser algo central para nuestras vidas en cuanto se produzca la inmunización masiva a escala planetaria y llegue la nueva normalidad? ¿qué representatividad tienen esas élites liberales para declarar prescindibles las instituciones que han construido esa misma sociedad global que ellos pretenden llevar de las narices hacia el futuro?

La experiencia de quienes vivimos en el marco de los valores del occidente libre y con valores constitucionales de representatividad democrática (anclados en las bases filosóficas del cristianismo occidental) debemos hacer valer nuestra cuota de representatividad. Participar de los desafíos para el nuevo siglo supone una flexibilidad para los valores que el mismo pragmatismo de las relaciones globales va imponiendo, sino también un ejercicio soberano en el que lo global debe inscribirse siempre en función de lo local. No podemos ser simplemente aquiescentes frente a decisiones marcadas por el afán tecnocrático de una élite consustancial a la ideología progresista y liberal de los últimos años que ha fracasado en el manejo de muchos problemas por promover un futuro ceñido a una forma única de ver el mundo, a una ideología que quiere desterrar la historia de los estados o ignorar los límites jurídicos, las reglamentaciones del sistema político y las prioridades de cada región y de cada cultura. Y algo más importante: el estilo de vida que el Occidente Cristiano ha venido construyendo por siglos, no exento de conflictos y enfrentamientos que sólo el consenso nos ha permitido dejar atrás. No dudamos de las buenas intenciones de la mayoría de los líderes, pero creemos que el vértigo de ese afán por llevar adelante los cambios nos hace olvidar a menudo que el progreso no siempre ha ameritado el sacrificio o la supresión de las cosas que nos constituyes, las cuales vale la pena seguir defendiendo.

No somos ingenuos. Sabemos que el cambio simplemente ocurrirá. No hay un solo camino para la globalización. La región tendrá que coordinar esfuerzos para enfrentar las consecuencias del Gran Reset. Más allá de la emergencia de las circunstancias actuales, debemos estar atentos, no sólo en los foros internacionales sino en la negociación directa –bilateral o entre bloques- para asegurar nuestra participación en el diseño del mundo que viene y ponerle condiciones a quienes han reducido el mentado reinicio a un mero acuerdo entre aquellos que a menudo ignoran la voluntad del ciudadano libre. Sin ser alarmistas, podemos afirmar algo que tal vez sea necesario profundizar en otro momento: el futuro será consensuado, o será totalitario.

Fernando León
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Last modified: 31 mayo, 2021
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