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“Grow a Lover” de Mercedes Álvarez: Los revolcones de la mente

grow a lover

Aunque se trata de cuentos, –clásicos en su estructura y en su forma– “Grow a lover” puede leerse como una novela. Tamaña posibilidad solo puede conseguirse mediante dos modos, una deliberada estrategia para encabalgar elusivamente los relatos en uno solo o un empecinamiento tenaz en contar de una y otra forma la vida de un mismo personaje. Acaso mujer; ocasionalmente hombre, su único amparo la persigue como una costumbre a ciegas: aceptar los duelos circunstanciales como si se tratara de uno solo. En esa moral, el amor –diverso, valiente, disconforme– avanzará en el tiempo de sus denuedos, incendiando fronteras para tratar de ver algo futuro detrás de lo que ya sabe no comprobará jamás, salvo su propio desencanto por vivir. De esta materia se forma la suerte de las mujeres de Mercedes Alvarez.

Salvo en el primer relato, cuya trama y desenlace se construyen en un ambiente natural, –botes, embarcaderos; hoteles a la vera de un río– los cuentos de Grow a Lover están determinados irremediablemente por el encierro deliberado de cuatro paredes. No obstante aún, en el ambiente soleado del muelle y en la tormenta posterior de ese primer relato, todo el libro puede leerse en un tono intimista y secreto, la voz de un personaje que se ilumina -valga la paradoja- en el encierro de su desasosiego. A la luz de estas condiciones los modos de la existencia replican una suerte de variación y fuga acerca de un mismo soliloquio: la pérdida ejemplar.

En los cuentos de Mercedes Alvarez hay una suerte de guía, de estrategia plena y consciente al volcar lo doméstico dentro de la objetividad de un apartamento sin nombre. Acaso todos los departamentos de Grow a Lover sean el mismo sitio, el mismo piso, los mismos sillones, la misma lámpara; la ventana se sitúe frente al mismo atardecer e ilumine las mañanas sobre la misma botella de whisky vacía. En esos cuartos, el orden y la limpieza procuran una rutina que pareciera querer enmendar aquello que trastabilla por los ambientes. Una suerte de crisis que no se resuelve nunca. Probablemente se trate de un mismo amor, de un mismo matrimonio fallido, de un trabajo absurdo y persistente, tanto como las variaciones posicionales del sexo a repetición bajo las leyes del porno. Los personajes de Grow a Lover visten con encanto, se bañan con muñecos mágicos que se humanizan en el agua; los personajes de Mercedes citan autores y leen denodadamente para atestiguar una salvación que no pareciera quedar visible por fuera de esos libros que calman. Indudablemente se trata también de trasvasamientos, hermanas en padres, madres en jefes laborales y amigos en socios, acaso circule de mano en mano la misma botella de whisky incompleta y desde luego, la voz de los mismos padres detestando una independencia que por momentos se vuelve una quimera. En esa batalla social, una materialidad incomprensible y acosadora comienza a entorpecer los movimientos esenciales, –los entretenimientos del cotidiano– en una suerte de pérdida de objetividad sobre los aspectos de la realidad tangible.

Los personajes de Grow a Lover visten con encanto, se bañan con muñecos mágicos que se humanizan en el agua; los personajes de Mercedes citan autores y leen denodadamente para atestiguar una salvación que no pareciera quedar visible por fuera de esos libros que calman.

Aún formando parte de un ambiente burgués pleno, todo queda bordado dentro de las calamidades que suele tejer como puntadas invisibles la intranquilidad que provoca la alteración de un orden social indiscutiblemente propio. Lo heredado, sea un muñeco, un departamento, un trabajo y acaso unos padres, crea un sinnúmero de sobresaltos a partir del miedo a perderlo todo, a no poder sujetar convenientemente aquello que pareciera formar un deber, para terminar empujando el deseo como un motor descontrolado bajo un túnel cuyo piso suele confundirse con el techo, provocando una serie de golpes de improbable defensa. ¿Bajo que condiciones una mujer que lo transita todo –el trabajo como deber y como meta, el dolor futuro como memoria, el aprendizaje del goce aún en la oscuridad de la aceptación pública– puede despojarse de estos logros sin evaporarse en su interior?

Lo heredado, sea un muñeco, un departamento, un trabajo y acaso unos padres, crea un sinnúmero de sobresaltos a partir del miedo a perderlo todo, a no poder sujetar convenientemente aquello que pareciera formar un deber, para terminar empujando el deseo como un motor descontrolado bajo un túnel cuyo piso suele confundirse con el techo, provocando una serie de golpes de improbable defensa.

Vienen a mi memoria tres películas. En la década del sesenta, Polanski escribió y dirigió una serie de films que definió como “Trilogía del Apartamento”: Repulsión (1965), El bebé de Rosemary (1968) y El quimérico inquilino (1976). Los tres films fueron estructurados bajo la sugestiva cualidad del encierro –acaso cuestiones del encuadre– bajo los límites temáticos de un departamento, su física y marco; y la mente como médula de todos los secretos: la intranquilidad de lo desconocido. Si bien es cierto que estas películas se encuadraron en lo que se llamó «thriller psicológico» –abarcando tanto la esquizofrenia como lo satánico– no es menos cierto que sus personajes fueron desarrollados como la capitulación de la mente frente a los innumerables atajos de un mundo exterior imperturbable y esquivo. Las ficciones de Mercedes Álvarez no alcanzan el terror aunque si lo rozan, incluso son post carverianas al evitar el desencuentro trágico, salvo, en la posible memoria futura, es decir, en el día después que los cuentos no narran y dejan librados al recelo cómplice del lector y a su atenta compasión.

 

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Etiquetas: , Last modified: 28 enero, 2019
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