Written by 12:26 PM OPINIÓN

Hipernormalización: Vida Fake versus Vida real

hipernormalizacion

La complejidad de los problemas que atraviesa el mundo durante el proceso de convergencia que llamamos globalización parece nueva, y muchos filósofos, pensadores y politólogos comienzan a intercambiar los rótulos, como si el lenguaje humano fuera incapaz de describir siquiera esa complejidad. Parece nueva, porque, tanto el Brexit como la caída de aquello que llamamos consenso de Washington en esto que muchos llaman “la era Trump”, parecen reformular la esencia misma de las tres grandes instituciones políticas de Occidente: los Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido.

Pero la que mencionamos no es una complejidad nueva. Las artes ya reflejaban un quiebre posmoderno en los sesenta, y el concepto estético del posmodernismo fue tomado por los intelectuales de los 70, en especial los franceses e italianos, para definir tanto el período histórico en el que se verifica la hegemonía del libre mercado, en los días de Reagan y Thatcher, como para construir una posición filosófica en la que entraban por igual tanto los críticos como los apologistas.

Condición posmoderna, fin de la historia, capitalismo tardío, tercer estadio del capitalismo, transmodernidad, sociedad de la transparencia, tercera ola, orden neoliberal o simplemente globalización: hay rótulos para todos los gustos, porque en verdad éstos son tiempos para los cuales el saber humanístico no encuentra una única explicación plausible.

A todas ellas podemos agregar el concepto de “hipernormalización”, que utiliza el documentalista de la BBC Adam Curtis, en el film que pudo verse en octubre de 2016, y que recomendamos. El término fue acuñado por Alexei Yurchak, en su libro de 2006 dedicado a la última generación de ciudadanos de la Unión Soviética, y describía ese extraño desencanto de una sociedad que ya sabe que el mundo en el que vive es completamente falso, pero actúa como si no lo supiera por temor a romper las estructuras, que juzga inalterables.

Tras el desplome de la URSS, el término puede aplicarse perfectamente a nuestros días de amor líquido, posverdad, redes sociales, individualismo y y soledad, en los que una buena parte de nuestros ciudadanos parece haber abandonado la vida real -la política en su sentido más amplio: los asuntos públicos en todas sus dimensiones- para limitarse a la gestión de su propia imagen virtual, a través de redes como Facebook, Twitter, Instagram y otras plataformas.

A todas ellas podemos agregar el concepto de “hipernormalización”, que utiliza el documentalista de la BBC Adam Curtis, en el film que pudo verse en octubre de 2016, y que recomendamos. El término fue acuñado por Alexei Yurchak, en su libro de 2006 dedicado a la última generación de ciudadanos de la Unión Soviética, y describía ese extraño desencanto de una sociedad que ya sabe que el mundo en el que vive es completamente falso, pero actúa como si no lo supiera por temor a romper las estructuras, que juzga inalterables.

En ese microuniverso simplificado a un simple perfil, adornado con comentarios breves y una reducción de toda opinión a un “Me Gusta”, estamos ante la ilusión de que el mundo puede ser gestionado y de algún modo controlado desde nuestras pantallas, cuando lo que ocurre fuera de ese mundo es exactamente lo contrario: una tecnología en aceleración exponencial, un proceso de automatización en marcha que en pocos años terminará con la mayoría -sino todos- los trabajos que conocemos, al menos en su forma actual, y un proceso de convergencia económica que transforma el margen decisorio de nuestros políticos en algo prácticamente irrelevante.

En todas las descripciones de este quiebre posmoderno, un estado de transición hacia algo que unos juzgan tierra prometida para una humanidad redimida de la muerte, del dolor físico y de la pobreza, pero otros ven como una distopía digna de las novelas apocalípticas de Philip K. Dick, advertimos la incapacidad para definir con claridad el fenómeno.

Tras el desplome de la URSS, el término puede aplicarse perfectamente a nuestros días de amor líquido, posverdad, redes sociales, individualismo y y soledad, en los que una buena parte de nuestros ciudadanos parece haber abandonado la vida real -la política en su sentido más amplio: los asuntos públicos en todas sus dimensiones- para limitarse a la gestión de su propia imagen virtual, a través de redes como Facebook, Twitter, Instagram y otras plataformas.

La revolución tecnológica ha simplificado nuestro campo de la percepción reduciéndolo cada vez más al campo virtual, al tiempo que la realidad dura y cruda, con sus incomprensibles procesos y sus constantes cambios de paradigma, en manos de economistas, sistemas de información, expertos de la ciencia y tecnócratas, escapa ya por completo a nuestra comprensión. El filósofo y sociólogo esloveno Slavoj Žižek llegó a decir que somos más capaces de imaginar el fin del mundo que de manejar y transformar las actuales condiciones concretas de nuestra vida.

¿Podremos escuchar el eco de nuestra voz desde esa burbuja que sólo encubre nuestra soledad, disimulada por vínculos irreales? ¿Podremos ir más allá de la farsa de los emojis, los abrazos virtuales, los “pokes” y los Me Gusta? Y lo más importante: ¿seremos capaces de comprender el mundo real -que no detiene su marcha ni un instante- cuando logremos desembarazarnos de nuestra zona de confort, o ya será demasiado tarde?

Preguntas que todo ciudadano del siglo XXI debe hacerse más de una vez. Por mi parte, no encuentro mejor respuesta al desafío que morir con las botas puestas, o, como sugería Morpheus, en The Matrix, tomar la píldora roja y ver qué tan profundo es el hueco de la madriguera…

 

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Etiquetas: , , , , , , Last modified: 29 noviembre, 2018
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