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“Palabra Pública” el libro de Rafael Almanza

Rafael Almanza

Rafael Almanza es una reliquia. No digo su poesía, cargada de un trascendentalismo extraño para la Cuba actual, sino él. Es el anciano barbudo que anda los amplios espacios de una casona de Camagüey, que atraviesa el patio interior cubierto de un jardín que crece con el ímpetu del caos y la soltura de lo silvestre. Almanza es el vestigio de que algo fue distinto en Cuba antes de 1959, cuando nació, y es la huella misma del proceso que torció los metales de la República hasta herrumbrarlos en el totalitarismo socialista.

Aspirante a estudiar en la Unión Soviética, expulsado de la universidad, investigador de José Martí y del marxismo. Almanza fue todo eso alguna vez y se quedó con lo mejor, o al menos con lo que le hizo sentido. Desde esa sumatoria ha escrito por años para medios independientes cubanos artículos que son ensayos y ensayos opinadores. Ahora la editorial Boca de Lobo publica una selección personal de los mejores textos de Almanza bajo el título Palabra Pública.

Las 140 páginas del libro recorren temas del pasado y el presente nacional valiéndose de la espiritualidad republicana. El autor, Premio Nacional de Literatura Independiente 2018, lee el país a través de una óptica cristiana, reinserta a Cuba en la tradición occidental aferrándose al pilar histórico de la cruz.

Evoca Almanza al demócrata republicano Guy Pérez-Cisneros, “un hombre fino del arte y la diplomacia” que tuvo la iniciativa de crear la Declaración Universal de los Derechos, y a José Martí, “el hombre máximo de la poesía, del arte y de la cívica en Cuba, que creó esa fórmula de nuestra democracia: con todos y para el bien de todos, con que terminaba el discurso de Guy en Naciones Unidas el 10 diciembre de 1948”.
Pero las disertaciones de Almanza no se contentan en vana arqueología, sino que apuntan a la sociedad que le toca vivir. De ahí que problematice sobre la Constitución comunista aprobada en 2019, donde la libertad de conciencia era suprimida tras una condicional, o que hable sobre el batallador movimiento de artistas entorno a la performancer Tania Bruguera, en La Habana.

El autor, Premio Nacional de Literatura Independiente 2018, lee el país a través de una óptica cristiana, reinserta a Cuba en la tradición occidental aferrándose al pilar histórico de la cruz.

Así lo relata, y en este fragmento gravita la estética y la ética del autor, recordando su encuentro con otros dos escritores malditos por el socialismo, Ángel Santiesteban y Rafael Alcides: “¿No sería bueno que el futuro Delegado de la Patria, el presidente o presidenta o ejecutivo nacional tuviera que elegirse año tras año en elecciones libres, como hizo el delegado Martí para eliminar, explícitamente, hasta la más mínima posibilidad de autoritarismo o dictadura? El maestro Ángel Santiesteban se sumaba a la pasión martiana: los jóvenes le secundaron con
sinceridad. Solo había que lamentar la ausencia de los hombres del bar. Es peligroso, pensé, en Sábado Santo, cuando Cristo está en el sepulcro y parece que ha muerto la esperanza, visitar a un enfermo. Bueno, en mi infancia se decía Sábado de Gloria… Sé que el poeta Rafael Alcides
es un duro, como Santiesteban el ángel, pero aun así, puede parecer poco delicado. Otra vez confié en mi familia y me senté junto al poeta, casi sin voz y lleno de lucidez y de coraje. Es un Sábado de Gloria, dijo de repente Alcides”.

Aunque ha recibido amenazas de muerte, pernoctado en ergástulas y visto la cara de los interrogadores, el autor de Palabra Pública recibe dos veces al año a escritores, estudiantes de casi todo, artistas, en torno a una tertulia. Su nombre es Peña del Júcaro Martiano, pero la mayoría de los que la conocen le llaman la tertulia de Almanza. La peña es ilegal, como toda reunión fuera de lo permitido por el Estado. La sostienen los asiduos, que llegan de toda Cuba, aunque mayormente de Camagüey, la provincia cubana más extensa y que en tiempos de la colonia se preciaba de su independencia de La Habana y el Oriente. Como un país dentro de otro.

La Peña del Júcaro Martiano es un país dentro de la sociedad civil. Un acto de rebeldía. En el civismo, que no debería ser penalizado en ningún sitio, Almanza imagina el país que quiere. Uno, por ejemplo, sin pasividad. Y acota, en un ensayo de Palabra Pública, que se refiere a la pasividad en Cuba y no a la pasividad cubana, apartando así la idea de que este se convirtió en un pueblo de “personas pasivas en todos los ámbitos, o peor, que nuestra pasividad es un rasgo nacional, un timbre de idiosincrasia invencible, una fatalidad de la que no podemos escapar, a menos que dejemos de ser cubanos”. El autor desmenuza la idea: “La pasividad política, social, moral, religiosa, y unas cuantas más, es una característica humana universal. Las personas activas en cualquier plano son y han sido siempre escasas. Pero si nos atenemos solo a la pasividad política, que de alguna manera abarca y también determina muchas otras, empeora el asunto: es más fácil encontrar ciudadanos, en cualquier país, que manifiestan una desbordada diligencia para obtener bienestar, riqueza y poder, por no hablar del sexo, que los que están dispuestos a reaccionar ante las exigencias del bien de la polis. Si no hubiese pasividad política, si la mayoría de los ciudadanos reflexionaran responsablemente sobre el bien social, no harían falta ni la agitación de la propaganda ni las campañas electorales: bastaría la consulta mediante el voto. Y aquí vamos tocando algo muy importante: para el modelo de sociedad contemporánea, el que se establece paulatina y contradictoriamente después que los ingleses decapitaran a su monarca en 1649, el presupuesto de que hay ciudadanos y que son ciudadanos responsables y activos resulta imprescindible”.

Almanza hilvana el relato de Cuba a través de estas ideas y otras en su libro Palabra Pública. Lo hace con temas tan disímiles como el filin, género musical perseguido por la Revolución, o Jorge Mañach, de los más importantes intelectuales cubanos del siglo XX, vetado por conservador. Teje el mapa de la isla a partir de tres excelentes poetas políticos y del campesino adolescente que protagonizó uno de los clásicos del cine documental cubano. Sigue a Thomas Merton, y reconstruye su relación con un oficial de los Órganos de la Seguridad del Estado, la policía política del régimen. En el pastiche dialógico de Almanza, el sustrato no clama la revocación de un orden opresivo por otro igualmente ilusorio y entusiasta. Llama al diálogo a partir de la inteligencia histórica, con los referentes de la trunca democracia cubana, pero sin elitismo. Por eso entiende la batalla de la cívica como universal y permanente.

“Y en las condiciones de la Cuba de hoy, nada resulta tan constructivo y eficaz, en orden a la instauración de una democracia autóctona y viable, que la restauración del sentido cívico de los ciudadanos, desde la visión de la persona y el barrio hasta los grandes problemas del estado y la sociedad”.

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Etiquetas: , Last modified: 22 julio, 2020
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