Written by 10:41 PM OPINIÓN

A bordo de la revolución tecnológica

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“A new way forward in mobility” (Un nuevo camino en movilidad). Así bautizaron los expertos de Waymo -la subsidiaria de Google- a sus nuevos modelos de automóviles sin chofer. El nuevo invento ya circula por las calles de una ciudad de Arizona, y no sorprende demasiado ni a los conductores ni al resto de la comunidad global. Hemos naturalizado, sin darnos cuenta, nuestra capacidad de adaptación a cambios tecnológicos que en otro tiempo habrían producido una verdadera sensación colectiva -tanto de admiración y sorpresa como de amenaza y desconfianza-. La tecnología está aquí para quedarse… y multiplicarse hasta ser parte del paisaje cotidiano.

Ese proceso de adaptación al que aludimos, sin embargo, no es nuevo. Luchar contra la irrupción de las máquinas en la vida humana ya era una utopía en 1811, cuando un grupo de hombres, mujeres y niños atacaron una fábrica de hilados en Nottinghamshire, destruyendo los grandes telares a mazazos y quemando el lugar. Pero la extraña creencia de que se puede detener el avance de la tecnología, aún contra toda evidencia a lo largo de la historia humana, siguió viva mucho tiempo después de aquel sabotaje de los ludditas, que rápidamente se extendió hacia Derby, Lancashire y York, corazón de la Revolución Industrial inglesa de principios del siglo XIX, pero no impidió ni retrasó sustancialmente los cambios que modificarían por completo el destino de toda la humanidad.

Luchar contra la irrupción de las máquinas en la vida humana ya era una utopía en 1811, cuando un grupo de hombres, mujeres y niños atacaron una fábrica de hilados en Nottinghamshire, destruyendo los grandes telares a mazazos y quemando el lugar.

Una considerable parte de los políticos actuales, especialmente en nuestro país, sigue creyendo, como los ludditas decimonónicos, que se puede gestionar la vida de los ciudadanos del siglo XXI revisando los libros de historia pero desoyendo las lecciones que esa misma experiencia histórica nos deja para el presente. Por desgracia –o no tanto- los avances tecnológicos ya no son una serie aislada de inventos a los que la humanidad puede levantarle o no el pulgar. Estamos en un proceso de integración global, en el que la tecnología simplifica su camino, mientras avanza, a un ritmo tal que la ayuda tardía de las regulaciones legales no modifica ni mucho menos anula su impacto en nosotros.

Por eso vuelve la metáfora del surf: las nuevas generaciones están obligadas hoy a barrenar sobre los cambios. Por fortuna sabemos que los nativos digitales no miran con angustia ese desafío: basta con observar el video de un bebé intentando ampliar con sus pequeños dedos la imagen de una revista –de papel- para graficar a qué nos referimos. El desafío de nuestros líderes es luchar contra ese luddismo ocasional –esa irracionalidad- de creer que los temas humanos pueden hoy seguir al margen del aluvión de cambios que la tecnología nos plantea. El planteo ya no es decidir si incorporamos tecnología de punta o no lo hacemos, sino como adaptar nuestras relaciones humanas a esos hechos.

Pero lo que decimos no es la simple resignación ante un poder superior que nos toma como rehenes. El ciudadano sigue siendo –hoy más que nunca- el soberano de nuestras democracias, porque es precisamente su acción –su abrumadora participación en esta revolución tecnológica- lo que hoy obliga a nuestros políticos a sumar esfuerzos junto a las distintas organizaciones sociales y los sindicatos-, para reorientar esa energía que rechaza prejuiciosamente a la tecnología en acciones eficaces hacia una incorporación más rápida y menos traumática de esos avances.

La tecnología ya está terminando con el papel en los diarios y en los billetes, nos permite votar todos los días con las decisiones que tomamos en el ciberespacio, nos ofrece ganancias por alquilar nuestra casa o una simple habitación mediante la plataforma Airbnb, nos permite usar el vehículo de otros, u ofrecer nuestro servicio a través de Uber, nos da herramientas para conectarnos directamente con nuestros clientes -Facebook mediante- o acelera las transacciones transformándonos a todos en importadores y exportadores, como evidencian las actividades del sitio chino Ali Baba, dedicado al comercio electrónico.

A la enumeración de ventajas, claro está, hay que sumarle los inconvenientes. Pero todos esos interrogantes vamos a tener que responder tarde o temprano, con las máquinas en marcha y a todo vapor (hasta las metáforas del lenguaje están quedando desactualizadas!!). Y de ese más tarde o más temprano depende, ni más ni menos, la prosperidad a corto y mediano plazo para nuestra Argentina, así como la posibilidad de adelantarse a los tiempos, que ofrecen nuevos trabajos y nuevas posibilidades de negocio en los próximos años.

Cualquier deliberación sobre estos desafíos urgentes del presente, en definitiva, tendrá que suceder mientras surfeamos las nuevas olas.

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Etiquetas: , , , , , Last modified: 29 noviembre, 2018
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