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Se cierra una semana de intensa geopolítica

geopolítica

El comienzo de junio parece ser el catalizador de una variedad de asuntos que habían quedado en veremos –guerras comerciales, cumbres bilaterales, discusiones parlamentarias y admisiones al club de los países ricos-. La prensa internacional habrá encontrado dificultades, esta mañana, para darle lugar en primera página a noticias en apariencia disímiles como la guerra de tarifas que Trump le declaró a la Unión Europea, México y Canadá, la destitución de Rajoy por el parlamento español, la conformación del nuevo gobierno italiano o la postergación de la entrada de nuestro país al prestigioso club de la OCDE.

El factor común de todas estas noticias frescas –y aún se podrían encontrar otras- es la pulseada que se viene instaurando, en los últimos dos años, entre el estado-nación, que muchos juzgaban en franca retirada desde los días de gloria de la naciente Unión Europea, y el obstinado orden neoliberal, al que el fuego amigo de los más lúcidos economistas de la libre empresa le venía –y le viene- exigiendo un pronto examen de conciencia, tras la crisis económica global de 2008-2014.

Trump venía amagando con un ataque directo a la política económica de bloques mediante algo que puede leerse como una suspensión de facto del TLC con México y Canadá. También transformó en blanco de su guerra comercial a sus tradicionales aliados europeos. De nada parece haber servido la reunión reciente con Emmanuel Macron, a menos que este último se haya anticipado al posible Plan B que hoy todas las naciones deben plantearse frente a los imprevisibles giros recientes de Washington en cuanto al uso de barreras comerciales, y haya cerrado acuerdos bilaterales en detrimento de la UE, algo que en el ajedrez geoestratégico mundial de la era Trump ya no es algo improbable.

Para Alemania este no es el principal dolor de cabeza: la Marktkonforme Demokratie (“democracia acorde con el mercado”) de la señora Merkel, que privilegió al sector financiero sobre los estados nacionales y, según algunos, sobre la propia democracia, comienza a entrar –diez años después de la crisis de Lehman Brothers- en su segunda crisis. A la caída en picada de Cameron, tras el Brexit, le sigue el ascenso de un gobierno populista en Italia. No olvidemos que la bota que moja las aguas del Mediterráneo es la tercera economía de la UE, y pese a hacer todos sus esfuerzos por someterse ciegamente a las reglas de austeridad exigidas por el bloque, entra ya en el sexto año consecutivo de recesión. La pregunta más sencilla que deberían hacerse en Bruselas es la que dicta el sentido común: ¿Qué hacemos? Pero a esa pregunta, como ocurrió en la crisis anterior, los demócratas de baja intensidad del viejo continente sólo le han encontrado una sola y obstinada respuesta: más austeridad. La dimensión económica de la vida parece haberles obturado la imaginación. ¿Por qué sorprenderse, entonces, de que el mediocre Rajoy deba ceder su poder al principal partido opositor, el socialismo –también neoliberal- de Pedro Sánchez, que deberá gobernar con sólo 84 diputados propios y en un galeón que parece seguir amenazando con hundirse debido al proceso separatista catalán, una bomba de tiempo que el PP no consiguió desactivar? ¿Por qué dudar que el conservadurismo de Theresa May, en Inglaterra, tampoco es el mejor capitán para una tormenta iniciada precisamente por los mismos tories, coautores, junto a Merkel, de la hoy amenazada empresa europea?

La pregunta más sencilla que deberían hacerse en Bruselas es la que dicta el sentido común: ¿Qué hacemos? Pero a esa pregunta, como ocurrió en la crisis anterior, los demócratas de baja intensidad del viejo continente sólo le han encontrado una sola y obstinada respuesta: más austeridad.

Lo que está en juego y excede a las explicaciones de los analistas internacionales es el protagonismo creciente del viejo concepto del estado nacional como herramienta. Porque si bien el orden neoliberal que la tríada Obama-Cameron-Merkel parecían enderezar tan sólo dos años atrás quiso hacer suyas tanto la idea de “liderazgo” como de “innovación”, pero terminó encerrándose en fórmulas restrictivas como los acuerdos a largo plazo en sistemas de bloques comerciales, hoy el dinamismo está del lado de políticas que muchos creían anticuadas, como la clara estrategia de crecimiento en la que se ha embarcado el estado chino, a la que Washington responde con medidas destinadas a reinstaurar el poderío industrial norteamericano.

Más de una vez hemos subrayado que, como indican las viejas reglas del realismo político, sólo el resultado de esta pulseada nos permitirá decidir –aún a riesgo de parecer oportunistas- sobre quiénes están en el rumbo correcto y qué características tendrán los próximos años. O Europa consigue enderezar el rumbo de su ambicioso proyecto –a fin de cuentas siguen siendo el bloque económico más codiciado en el orbe- o las políticas iniciadas por Trump –aún acusado de “improvisado” por algunos analistas se transformarán en una sabia reacción de occidente al incontenible vigor de las economías orientales –India y China-. ¿Qué hará Francia, que precisamente inventó el estado moderno en los días de Luis XIV? ¿Cómo evolucionará el dilema del Brexit en el Reino Unido? ¿Qué modelo seguirán las naciones emergentes –entre ellas la nuestra, que hoy se debate entre la fidelidad al orden mundial tal como lo había dejado Obama, un club al que quiere ser adscripto cuanto antes, y el parejo deseo de permanecer alineado con la gran superpotencia del Norte?

El tiempo dirá quien tiene razón y, sin dudas, las consecuencias para el perdedor van a ser más que importantes. Lo complicado del caso es que hoy los neutrales no tienen lugar: el juego, tal como está planteado en estos días, no admite ni dobles discursos ni medias tintas. Es a todo o nada. Como ocurrirá en los últimos partidos del próximo mundial, a la hora del play-off.

 

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Etiquetas: , , , Last modified: 29 noviembre, 2018
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