Written by 11:18 AM CULTURA, OPINIÓN

La utilidad de los talleres literarios

talleres literarios

Hace unos meses, me escribió alguien por un taller y, en el intercambio, escribí lo siguiente: “Aprender a leer, para aprender a leerse, para aprender a escribir”. Desde entonces, esta línea —algo publicitaria, es cierto— me sirvió como punto de partida para explicar cómo es que miro el valor de un taller, qué creo que puede aportar.

Tomemos envión. ¿Para qué uno estudia Letras? No es un título que habilite a hacer nada, los trabajos derivados de esta carrera tienden a ser escasísimos y lo cierto es que al terminarla uno no sabe casi nada —mucho menos si asistió a una mediocre universidad privada, como es mi caso—; es más, tiene muchos saberes que le juegan en contra —en otras palabras: una petulancia que se da luego de cara con la praxis—. Cuando uno finaliza los estudios en Literatura, recién aprendió a caminar en un mercado laboral donde se corre haciendo piruetas; pero aprendió a caminar, y muy probablemente tenga una idea de cómo se corre y de cómo se dan los saltos mortales cada cinco pasos, así que lo que sigue es práctica. Y la práctica es leer —como si se continuaran los estudios—, opinar —y exponer las opiniones a la consideración pública—, caer en la cuenta de que cambiamos de opinión, de que las certezas tienden a valer poco y generalmente a jugar en contra; la práctica también pasa por conocer gente, por frustrarse, por buscar mucho, por trabajar mucho gratis, por escribir millones de palabras que no va a leer nadie y, luego de unos años, caer en la cuenta de que por suerte fue así.

¿Para qué estudiamos Letras entonces? Para empezar a leer, para conocer autores, libros, épocas y literaturas a las que difícilmente habríamos llegado si no fuera por cursar esas materias, para adquirir herramientas de lectura —podríamos discutir otras razones, pero no es el espacio—. Qué hacemos con eso ya es un universo nuevo: la gran mayoría —en base a una estadística personal— hace prácticamente nada, se dedica a otras cosas, lee por hobbie mientras atiende un local, estudia otras carreras o hace maestrías en cuestiones más o menos afines —desde Comunicación hasta Marketing— para conseguir algún trabajo; otros se quedan a pelear el espacio en una fiesta habilitada para cien personas y habitada por diez mil.

“Aprender a leer, para aprender a leerse, para aprender a escribir”

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Dicho esto, vamos por la primera parte: aprender a leer. Resulta tal vez obvio, pero es probable que no lo sea tanto. Comprender un texto puede resultar mucho más complejo que lo que parece, máxime cuando partimos de la derrota: nunca terminamos de comprender un texto, y siempre lo hacemos desde la subjetividad. Aprender a leer, entonces, pasa por saber por qué uno piensa lo que piensa de tal cosa, por tener herramientas para identificar las emociones que nos llegan, qué las provocó, y para entre tanto ver qué pensamos que quiso hacer el autor y, a partir de ahí, ver qué nos parece que hizo. Cuando aprendemos a leer tendemos a ponernos incómodos, muchos textos que nos parecían geniales pasan a parecernos pavos, o escritos con truco —que ahora nos resultan muy obvios—, ya no caemos en el efectismo, en los golpes bajos, entre tanto. Pero también, y por sobre todo, nos permite acceder a nuevas literaturas y a disfrutarlas mucho más. El caso de El último ganso, de Babel, resulta un ejemplo perfecto de cómo una breve estampa —escrita de manera clara y precisa— se convierte en una máquina perfecta donde cada elemento, analizado en forma individual, se muestra al servicio de un significado mayor y ofrece un universo polisémico que perturba y maravilla. Aprender a leer, entonces, es el primer paso necesario: si no sé qué está ahí, mal podré saber qué quiero poner ahí.

La segunda premisa de esta tríada es la más subjetiva, pero la que más me interesa. Y, para dar cuenta de esto, partiré de una sentencia —tal vez muy— personal: no hacemos nada sino para vernos reflejados en ello. Lo que leemos, por lo tanto, nos va definiendo, y es por ello que tendemos a leer el mismo texto de diferentes maneras a lo largo del tiempo —preocúpese aquel que en diez años se emocionó con las mismas escenas de una obra, sin descubrir nuevas o sin desilusionarse un poco— dado que, en definitiva, nada hay por fuera de lo percibido. Conocer cómo leemos, entender cómo leemos, es fundamental para tomarnos a nosotros mismos con distancia, para ver qué nos interesa, qué miramos, qué nos moviliza, hacia dónde va nuestro ojo, porque ahí es hacia donde querremos que vaya nuestra escritura. Y es muy probable que no lo tengamos tan claro, así que deberemos utilizar el espejo del texto de otros para darnos cuenta de esto. Por lo general, conscientes o no, escribimos para traducirnos.

Por último, lo que suponemos que buscamos en un taller literario: aprender a escribir. Primero que nada, lo evidente: no se aprende a escribir. Se aprende, por sobre todo, a leer, y a partir de ahí se conocen lecturas, se toman herramientas, se profundiza en diferentes campos, pero aprender a escribir, propiamente, no parece algo muy posible —y si se aprende yo no tengo ni idea de cómo se enseña—. ¿Cómo sería si acaso se pudiera? Hacia atrás otra vez y vuelvo a una —otra— definición personal: escribir bien es contar con las mejores armas aquello que se quiere contar. Si pretendo escribir autoayuda y utilizo una prosa densa, difícilmente logre llegar al público que pretendo, e incluso difícilmente logre contar lo que quiero, que por lo general necesita sentencias, oraciones simples, precisas, sin ambigüedades —reales—. Y así con todo tipo de escritura, claro. Se conocen recursos y ejemplos, pero no se aprende a escribir, porque escribir es poner todo eso en un texto y la forma de hacerlo es intransferible. ¿Cómo se podría seriamente enseñar que una estructura es mejor que otra, que un tema es preferible a otro? Imposible. En el mejor de los casos, lo que se aprende a hacer es a borrar: palabras de más, lugares comunes, reflexiones que nos parecen fantásticas y luego entendemos que son una pavada, redundancias. También aprendemos a escuchar, eso es clave, a descubrir cómo sonamos, y desde ese lugar podemos pensar cómo esperamos sonar. Con eso aprendemos a escribir, pero desde nosotros, desde la ecuación más íntima, y nadie nos puede acompañar en ese proceso ni, desde ya, enseñar nada.

 

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Etiquetas: , Last modified: 4 julio, 2019
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